En el barbecho de los pobres hay mucho pan; mas se pierde por falta de juicio
Proverbios 13: 23
Cierto señor recorría un campo labrado. Todo estaba verde y prometedor. Al llegar a la casa del labrador, para estimularlo le dice:
—Amigo mío, tiene usted una hermosa cosecha. ¡Con toda seguridad que este año estará libre de preocupaciones económicas!
—Le diré -replicó el labrador-, está bien. Pero, sabe usted. Estas cosechas fuertes cansan el suelo.
Esa es la actitud de muchas personas. Aun en medio de las situaciones más brillantes se sienten afligidas por algún mal real o imaginario. No son capaces de despojarse de los pensamientos deprimentes y aun en medio de las circunstancias más prometedoras se dejan arrastrar por algún pensamiento morboso.
El pesimista recurre a una serie de argumentos gastados. Le echa la culpa a la mala suerte, y concluye con eso de que “A mí todo me sale mal”. Esto, en el fondo, se parece mucho al fatalismo que se asienta en la idea de que es inútil luchar contra aquello que nos ocurre, porque las cosas que han de ser serán no importa nuestra actitud, o nuestra voluntad, o nuestros deseos.
Esto, insistimos, es fatalismo enfermizo que quizás sea una de las formas agudas del pesimismo. Lord Tweedmuir dijo: “Abundan los ismos. . . Túrbase y confúndese uno ante su número creciente. Hay nazismo, comunismo, fascismo . . . y no sé cuántos más. Por fortuna, se destruyen y eliminan los unos a los otros con salvadora efectividad. Sólo hay un ismo que produce fatalmente la muerte del espíritu: el pesimismo”.
Por eso debemos mantenernos en estado de alerta contra ese peligro. Por suerte, nadie tiene el poder de someternos al pesimismo. Éste no es respaldado por ejércitos. Nunca se ha disparado una bala para defenderlo. Con todo, es el ismo más insidioso. Porque ataca desde adentro; se asienta en el espíritu.
Seamos optimistas. Descubriremos en el optimismo un poder mágico.
Una gran fábrica de zapatos envió cierta vez a un agente a estudiar las posibilidades del mercado de zapatos en uno de los países de África. Al cabo de un mes, envió un telegrama que decía:
—Negocio imposible, todo el mundo anda descalzo.
Un tiempo después, la empresa volvió a estudiar la posibilidad del negocio de zapatos en ese lugar, y envió otro agente. Al cabo de muy pocos días de haber llegado, envió un telegrama que decía:
—Magníficas posibilidades. Todo el mundo anda descalzo.
En eso radica la diferencia entre un pesimista y un optimista. El optimista en todo ve una oportunidad, y ni siquiera las peores circunstancias pueden desviarlo del esfuerzo y de la lucha. Quizás esto puede ser ilustrado por ese cartel que un peluquero con buen humor puso en su lugar de trabajo. Decía: “No se preocupe si se le cae el pelo. Imagínese que le doliera y tuvieran que extraérselo como las muelas”.
Amable lector, seamos optimistas y vivamos con la esperanza en el corazón.
Braulio Pérez Marcio (adaptado)
Frank González
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