
Sin embargo, los israelitas desobedecieron al Señor conservando lo que él había decidido que fuera destinado a la destrucción, pues Acán hijo de Carmí, nieto de Zabdí y bisnieto de Zera, guardó para sí parte del botín que Dios había destinado al exterminio. Este hombre de la tribu de Judá provocó la ira del Señor contra los israelitas.
Josué 7:1.
Después de una victoria tan espectacular como la que se consiguió en Jericó, creo que el pueblo de Israel se sintió poderoso. Si Jericó había caído, de la manera tan extraordinaria en que había caído, la peque y la Hai no era rival. Es más, no había nada ni nadie que los pudiera detener. Nada, excepto el pecado. Y el primer pecado de este episodio no fue el de Acán, sino el del pueblo, al dejar a Dios de lado.